Desde hace meses, un entrañable amigo me viene animando para que abra un blog donde cuente todas las cosas que me pasan, y también las que no me pasan, si quiero. Me recomienda La Coctelera, y parece que he llegado en época de revolución, donde salen pantallas raras que advierten de errores fatales con números más propios de un boeing que del modesto diario de una vieja desocupada.
Porque eso es lo que soy. Llegué a este pueblo para hacerme cargo de la herencia de una persona a la que amé durante toda mi vida, y de la que en los últimos tiempos andaba distanciada. No importan ahora los motivos, y menos en este primer contacto con La Coctelera.
El caso es que me encontré con una fortuna que me permitía dejar de trabajar para dedicarme en exclusiva a mis rosales, a mis dulces, a mis lecturas y a mis amigos.
Cuando llegué a este pueblo pensé que iba a sufrir las maledicencias de los vecinos. Me hacía cargo de una impresionante mansión y un todavía incontable número de hectáreas de maizales y hayedos, con aserradero incluido.
Yo era una criada vieja, gorda y negra que venía a cobrar la herencia del ama, recién asesinada por alguien desconocido. Sobre mí iban a caer las envidias, las sospechas y los prejuicios.
Sin embargo, nada más llegar me sentí muy bien acogida por el tendero del supermercado. Un hombre tímido, nervioso, acomplejado por una maloclusión de su dentadura, pero un hombre que desprende bondad en cada gesto, en cada mirada, en cada palabra. Él también es forastero en este pueblo, y desde el primer momento noté que en mí había descubierto una causa: no iba a permitir que se me discriminara.
Nos hicimos amigos sin darnos cuenta, y viene a merendar casi todas las tardes. Él tiene un blog en La Coctelera. Él ha sido quien me ha animado a abrir este diario. Espero no defraudar. Sobre todo, espero no defraudarle a él.